DE ILIKA

British Shorthair

Muchos propietarios no consiguen darse cuenta de que sus gatos han alcanzado una “edad provecta”. Esto se debe a que la senilidad tiene pocos efectos sobre el apetito felino.

 

En realidad, continúan comiendo con apetito y con su vigor acostumbrado, como si fuesen aún “jóvenes”. Pero existen ciertos signos evidenciadores del envejecimiento. El salto y el acicalamiento son las primeras acciones en que se nota.

 

El envejecimiento origina que las coyunturas se vuelvan rígidas, lo que conlleva movimientos más lentos. El saltar a una silla o a una mesa se hace cada vez más dificultoso. En realidad, los gatos viejos necesitan que les levanten y les depositen en su sillón favorito. En cuanto se pierde la agilidad propia del flexible cuerpo de los gatos jóvenes, también le resulta cada vez más difícil torcer el cuello para acicalarse las partes más inaccesibles de su pelaje, áreas que comienzan a tener aspecto de desaliño. En este estadio, constituye una gran ayuda un cariñoso acicalamiento por parte del dueño del animal, aunque el gato en cuestión no hubiera requerido de cepillados y peinados en sus días más jóvenes.

 

A medida que el cuerpo del gato envejecido se vuelve más rígido, ocurre lo mismo con sus costumbres. La rutina diaria se convierte en más inflexible y las novedades son ahora perturbadoras, aunque antaño le suscitaban mayor interés. La idea de comprar un gatito para alegrar a un gato viejo, simplemente no funciona. Lo único que ocurre es que altera el ritmo diario del animal ya de edad. El mudarle de casa es aún más traumático. La forma más amable de tratar a un gato envejecido es, por lo tanto, conservar lo más posible la bien establecida pauta de la jornada, pero con un poco de ayuda física cuando sea necesario.

 

La vida de puertas afuera de un gato de edad está plagada de peligros. Ha llegado a un punto en que las disputas con los rivales más jóvenes casi siempre terminan con una derrota para él, por lo que debe vigilarse de cerca cualquier posible persecución.

 

Afortunadamente, esos cambios no ocurren hasta la última etapa de la vida de la mayor parte de los gatos. Los seres humanos sufren de “envejecimiento”, más o menos, en el último tercio de su existencia, pero en los gatos este período sólo se circunscribe a la última décima parte de su vida. Por lo tanto, sus años de achaques son misericordiosamente breves. La vida media se considera de unos diez años. Algunas autoridades en la materia lo hacen subir un poco, a unos doce años, pero resulta imposible ser exactos porque las condiciones del cuidado de los gatos varían mucho. La guía más exacta consiste en afirmar que un gato doméstico vive entre nueve y quince años, y sólo sufre de declive senil, más o menos, el último año de su existencia.

 

Se han producido muchas discusiones acerca de hasta cuánto alcanza la longevidad de un gato doméstico. Con algunas asombrosas alegaciones, la máxima longevidad de la que se tiene noticia ha puesto el listón tan alto como los cuarenta y tres años. La existencia más longeva hasta ahora registrada ha sido la de treinta y seis años para un gato atigrado llamado Puss, que vivió de 1903 a 1939. Esto es excepcional y en extremo raro. Unos intentos serios, tanto en Gran Bretaña como en Estados Unidos, pira localizar gatos de más de veinte años, no han conseguido más que un puñado de casos fiables.

 

Una de las razones de que sea difícil tener buenos registros de gatos de prolongadas vidas radica en que los detalles más cuidadosamente observados se refieren siempre a los animales de pura raza, que tienen una vida mucho más' breve que los de razas cruzadas o mestizas.

 

Esto se debe a que los preciados y cuidadosamente registrados gatos de pura raza sufren de consanguinidad, que es, algo que acorta sus vidas. El gato callejero de “mala raza”, en comparación, disfruta de lo que se llama “vigor híbrido”, el mejorado vigor físico producido por el cruce de razas. Por desgracia, tales gatos tienen muchos menos cuidados en la mayoría de los casos, por lo que, a su vez, sufren más de peleas, descuidos y de una dieta irregular. Y esto acorta su existencia. El gato con una longevidad récord es, por lo tanto, más probable que sea uno con un pedigrí más dudoso, pero más amado y protegido. Para un animal así, no constituye un objetivo improbable llegar a los quince o veinte años.

 

Uno de los rasgos más extraños de la longevidad del gato es que sobrepasa con mucho la de los perros. El récord para un perro es de veintinueve años, siete años menos que el gato de una existencia más larga. Teniendo en cuenta que los animales más grandes viven más que los más pequeños, las cifras deberían invertirse, y los gatos, para su tamaño, lo hacen por lo general muy bien. Existe una compensación para los gatos que sufren la castración, puesto que los machos castrados tienen un período vital más largo que los enteros. Las razones, al parecer, radican en que se hallan implicados en unas lesiones menos dañosas con los rivales, y también en que, por alguna causa, resultan más resistentes a la infección. Un cuidadoso estudio reveló que un gato castrado podía esperar un promedio de vida de cuatro años más que los no castrados.

 

 

 

 

 

 

 

 

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