DE ILIKA

British Shorthair

Al final del período de gestación, que dura nueve semanas, la gata preñada se inquieta y busca a su alrededor una madriguera o nido adecuados para parir a sus gatitos.

 

Busca algo tranquilo, algo privado y seco. En casa, emanan extraños ruidos de los armarios y de los escondrijos mientras la gata comprueba la gran variedad de lugares adecuados. De repente, tras una voracidad cada vez mayor, su hambre se desvanece y rehusa los alimentos, lo cual significa que el momento del nacimiento es ya inminente, que tal vez ya sólo queden unas pocas horas para el alumbramiento. En este momento desaparece y se dedica al serio asunto de traer al mundo una camada de gatitos.

 

Algunas gatas odian cualquier interferencia en este estadio, y las sobresalta que les presten demasiada atención. Otras - por lo general las que no han tenido demasiada intimidad en la casa - no parecen preocuparse ni en un sentido ni en otro. Las más despreocupadas se prestarán a que las trasladen a una caja especialmente preparada para el parto, con un lecho suave y cálido y de fácil accesibilidad para el ama de casa. Otras gatas rehúsan tercamente los mejores lechos que se les ofrezcan y desaparecen en el armario de los zapatos o en otro lugar

parecido, íntimo y oscuro.

 

Normalmente el parto es un proceso largo para la gata.

 

Con una camada típica de cinco gatitos, por ejemplo, y con un intervalo típico de treinta minutos de media entre gatito y gatito, todo el proceso dura dos horas, después de las cuales tanto la gata como sus crías se encuentran exhaustos. Algunas gatas paren mucho más de prisa - a un gatito por minuto - pero se trata de algo raro. Otras pueden tardar hasta una hora entre un gatito y el siguiente, pero tampoco es corriente. El intervalo típico de más o menos media hora no es ninguna casualidad. Le proporciona a la madre el tiempo suficiente para atender a un gatito antes de que llegue el siguiente.

 

La atención que dedica a los recién nacidos consta de tres fases principales: eliminar el saco amniótico que recubre al gatito al salir al mundo, dedicar su atención a la limpieza de la nariz y la boca del recién nacido, permitiéndole llevar a cabo su primera respiración, y, una vez concluido este estadio crucial, limpiarlo por completo, mordiendo el cordón umbilical y comiéndoselo hasta llegar a unos dos centímetros y medio de la barriga del gatito. Deja un pequeño muñón, que acabará secándose y se caerá por sí mismo.

 

Luego se come la placenta, lo que le proporciona una valiosa alimentación para ayudarla en las largas horas de atención total a los gatitos durante el primer día de vida de los mininos. Después de esto, lame por completo al gatito, ayudándole a secarse el pelaje, y a continuación descansa.

 

Pronto aparecerá la nueva cría y habrá que repetir todo el proceso. Si se cansa demasiado, al final de una camada inusualmente grande, el penúltimo y el último gatito serán ignorados y los dejará morir, pero la mayoría de las gatas son unas parteras asombrosamente buenas y no necesitan ayuda de sus dueños.

 

A medida que los gatitos se recuperan del trauma del nacimiento, empiezan a moverse en busca de una tetita. El primer alimento del que disfrutan es vitalmente importante porque les inmuniza contra las enfermedades. Antes de que la gata produzca una leche nutritiva, la madre segrega una primera leche llamada calostro, muy rica en anticuerpos que proporciona a los gatitos una ventaja inmediata en su futura lucha por evitar las enfermedades infantiles. También es rica en proteínas y minerales. La producción dura unos cuantos días, antes de que la gata madre comience a producir el suministro normal de leche.

 

Unos días después del nacimiento cada gatito ha desarrollado ya su apego a una teta, que reconoce con facilidad. Por asombroso que parezca, esto es posible a causa de que cada pezón tiene un olor particular.

 

Conocemos este detalle porque si el propietario de la gata lava la región de la barriga de forma que elimine su fragancia natural, los gatitos fracasan en encontrar sus tetas favoritas. En vez de dirigirse a sus estaciones de servicio habituales, quedan desorientados por completo, reina la confusión y comienzan las peleas.

 

Resulta asombroso pensar que en el mundo “simple” de los jovencísimos gatitos existe un detector de olores basado en diferencias tan sutiles que les permiten catalogar cada teta con tanta claridad como las tarjetas que se ponen en las taquillas de los colegios, y que de esta forma puede compartir de una forma ordenada la hora de la comida.

 

Los gatitos al nacer son ciegos y sordos, pero tienen muy desarrollado el olfato. Son muy sensibles también al tacto y muy pronto comienzan a hurgar con el hocico en las tetas de la madre. En este estadio pesan de 60 a 120 g, el peso promedio al nacer es, más o menos, de unos 100 g y tienen una longitud de 12,5 cm.

 

Hacia el cuarto día, los gatitos ya han comenzado a frotar con las uñas, lo cual ayuda a estimular el flujo lácteo de la madre. Al final de la primera semana de vida muestran ya las primeras señales de jugar unos con otros. Se mueven con mayor soltura y se incorporan bien. Sea cual sea el color futuro de sus ojos, en este estadio todos los gatitos los tienen azules, y seguirán de ese color hasta cumplir los tres meses. Los dientes de leche empiezan a salirles al alcanzar el mes de edad.

 

A eso de los treinta y dos días comen su primer alimento sólido, pero no se destetan hasta los dos meses. (Las gatas salvajes tardan más en destetar a sus gatitos: unos cuatro meses.) Durante su segundo mes de vida se vuelven muy animados y juguetones unos con otros. Dentro de casa, los gatitos domésticos emplearán el cajón de serrín de su madre cuando tengan mes y medio. Las luchas en broma y la caza fingida se convierten en rasgos dominantes al final del segundo mes.

 

A los tres meses tienen que sufrir un auténtico shock. La madre se niega a que sigan mamando. Tendrán que tomar alimentos sólidos y lamer líquidos en platitos. Muy pronto su madre tendrá de nuevo el estro y se concentrará una vez más a cortejar con los gatos del barrio.

 

A los cinco meses, los gatitos comienzan a olfatear las marcas de olor dentro del ámbito del hogar. A los cinco meses se les empiezan a caer sus dientes de leche, y exploran su excitante nuevo mundo de una manera menos lúdica. Existen todas las probabilidades de que su madre se encuentre de nuevo preñada, a menos que sus dueños la hayan mantenido encerrada contra su voluntad.

 

A los seis meses las crías son ya independientes por completo, capaces de cazar y de alimentarse por sí mismas.

 

Cuando los gatitos tienen entre veinte y treinta días, por lo general la madre los cambia de sitio. Cada gatito es cogido con firmeza por la piel del cogote y, con la cabeza erguida se los lleva a un nuevo alojamiento. Si tiene que transportarlos a larga distancia, la madre puede cansarse con el peso y se permitirá bajar la cabeza, y en vez de llevarlos en alto arrastrarlos. El gatito no protesta nunca y pende lacio y rígido de las mandíbulas de la madre, con la cola enrollada entre sus patas traseras. Esta postura reduce el cuerpo del gatito al máximo y disminuye el peligro de topetazos mientras, sin ceremonias, su madre hace de porteador del viejo al nuevo nido.

 

En cuanto la madre llega al nuevo lugar que ha elegido, abre las mandíbulas y el gatito cae al suelo. A continuación regresa a por el próximo, y luego a por otro más, hasta transportar al último minino. Una vez los ha trasladado a todos, la gata realiza un viaje final para inspeccionar el antiguo nido, asegurándose al máximo de que nadie ha quedado atrás. Esto nos sugiere que contar no constituye una de las grandes habilidades de la gata.

 

Por lo general, se afirma que la operación de traslado es originada, o porque el antiguo nido ha quedado sucio o porque los gatitos ya no caben en él. Esas explicaciones parecen bastante lógicas, pero no constituyen una razón convincente. Una gata con un nido grande y limpio es igual de probable que traslade a su camada. La auténtica respuesta radica en los antepasados salvajes del gato doméstico. En el medio ambiente natural, muy lejos de la comida en lata y de los platitos de leche, la gata madre debe empezar a traer presas al nido para excitar las respuestas carnívoras de sus crías. Cuando los gatitos tienen entre treinta y cuarenta días deben empezar a comer alimentos sólidos, y es este cambio en su conducta lo que se encuentra detrás de la operación de traslado. El primer nido se elige para una máxima comodidad y seguridad. Los gatitos están tan indefensos, que necesitan protección por encima de todo. Pero durante el segundo mes de vida, después de que les hayan empezado a salir los dientes, necesitan aprender a morder y a masticar los animales de presa que les trae su madre. Por lo tanto, se necesita un segundo nido para facilitar toda esta operación. La consideración primaria se relaciona ahora con la proximidad al mejor abastecimiento alimentario, reduciendo la tarea de la madre de traer repetidamente comida a sus crías. La operación de traslado sigue teniendo lugar en los gatos domésticos - si se les da la oportunidad -, a pesar de que el problema de la comida lo eliminen los dueños por el regular sistema de llenar los platos. Se trata de una antigua pauta de conducta maternal felina que, al igual que la caza, se resiste a desaparecer, simplemente, a pesar del regalado estilo de vida proporcionado por la domesticación.

 

Además de esta “pauta de renovación de la fuente alimentaria”, existen muchos ejemplos de gatas que se apresuran a transportar a su camada si consideran que el lugar donde se encuentra el nido resulta peligroso. Si la curiosidad humana se hace demasiado impertinente y ni los ojos ni las manos se mantienen lejos del nido “secreto”, los extraños olores humanos pueden convertirlo en una residencia poco atractiva. La gata madre empezará a buscar un nuevo nido, simplemente para tener mayor intimidad.

 

Esta clase de traslados podrán tener lugar en cualquier estadio del ciclo materno. En las especies salvajes, las interferencias con los jóvenes en el nido pueden resultar una medida más drástica, y la madre se negará a reconocerlos como crías suyas y los abandonará e incluso se los comerá.

 

Sucede, en efecto, que los olores extraños del cuerpo del gatito lo convierten en una “especie” extraña; en otras palabras, en una especie de presa, y la respuesta obvia ante un objeto así consiste en comérselo. Los gatos domésticos raramente responden de esta manera, porque se han acostumbrado tanto a los efluvios y olores de sus dueños, que no les clasifican como extraños: Por lo tanto, los gatitos a los que tocan, por lo general, siguen siendo de la familia, aunque hayan adquirido unos nuevos olores.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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